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MICRORRELATO: El violador




Esperó durante horas, agazapado, en la oscuridad. Su presa no tardaría ya en aparecer. Escuchó unos pasos que se dirigían al ascensor. Salió de su madriguera, inmovilizó a su pieza con un rápido movimiento y la violó brutalmente. Sació su apetito bestial y la dejó tirada a merced de los carroñeros.
La víctima explicó todo lo sucedido ante el tribunal y la jueza, con sonrisa de hiena, preguntó: “¿Cerró bien las piernas mientras se producía la agresión?”

MICRORRELATO: EN TIERRA DE NADIE




Me quedé sentado frente al precipicio. Callado. Sus voces, desde allí abajo, eran un canto de sirenas. Me tapé con las manos los oídos. El derecho, sordo de nacimiento y el izquierdo, irritado por el aullido molesto de alguna hiena hambrienta. Seguían los cantos constantes desde el abismo. Había quién se lanzaba a uno u otro precipicio. Volaban con dos banderas a un destino ficticio, volaban entre las nubes de algún sueño compartido. Cada uno de ellos me ofreció su bandera y yo con respeto rechacé sus telas.
Me quedé sentado en Tierra de nadie. Callado. Sus voces, a lo lejos, eran ecos del pasado.


MICRORRELATO: LA SOMBRA DEL CALLEJÓN




Era una sombra en un callejón oscuro, en un día gris y triste, de una ciudad olvidada por el sol. Se movía rápidamente entre los rincones del lugar, sin una dirección. Sus pasos inaudibles avanzaban sin ton ni son. Me giré varias veces con la sensación de tenerla pegada a mi espalda. No había nada ni nadie. Sentía su respiración cerca de mí y de repente, pasaba de forma fugaz ante mis ojos. El callejón cada vez se volvía más estrecho y la sombra jugaba conmigo. Me senté en unos de los escalones del callejón a fumar un cigarro, cansado de sentir el miedo en el cuerpo. ¿Qué podía hacerme una sombra? Entonces ella se paró frente a mí, desafiándome. Yo miré fijamente a donde intuía que podían estar sus ojos y seguí fumando tranquilamente. No se movió y yo tampoco. Pasaron muchos minutos hasta que la sombra decidió avanzar hacia mí, yo seguí inmóvil, cada vez se acercaba más, tanto que en un momento me atravesó el cuerpo, fue muy doloroso sentirla dentro. Al principio creí que me estaba muriendo, intenté sacarla de dentro, pero no sabía cómo, poco a poco el dolor se fue reduciendo y entonces empecé a correr callejón abajo pero las escaleras no se acababan nunca y seguí corriendo hasta dejar de sentir mi cuerpo, todo me daba igual ni siquiera sabía si estaba vivo o muerto.