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Categoría: MICRORRELATO

MICRORRELATO: LA SOMBRA DEL CALLEJÓN




Era una sombra en un callejón oscuro, en un día gris y triste, de una ciudad olvidada por el sol. Se movía rápidamente entre los rincones del lugar, sin una dirección. Sus pasos inaudibles avanzaban sin ton ni son. Me giré varias veces con la sensación de tenerla pegada a mi espalda. No había nada ni nadie. Sentía su respiración cerca de mí y de repente, pasaba de forma fugaz ante mis ojos. El callejón cada vez se volvía más estrecho y la sombra jugaba conmigo. Me senté en unos de los escalones del callejón a fumar un cigarro, cansado de sentir el miedo en el cuerpo. ¿Qué podía hacerme una sombra? Entonces ella se paró frente a mí, desafiándome. Yo miré fijamente a donde intuía que podían estar sus ojos y seguí fumando tranquilamente. No se movió y yo tampoco. Pasaron muchos minutos hasta que la sombra decidió avanzar hacia mí, yo seguí inmóvil, cada vez se acercaba más, tanto que en un momento me atravesó el cuerpo, fue muy doloroso sentirla dentro. Al principio creí que me estaba muriendo, intenté sacarla de dentro, pero no sabía cómo, poco a poco el dolor se fue reduciendo y entonces empecé a correr callejón abajo pero las escaleras no se acababan nunca y seguí corriendo hasta dejar de sentir mi cuerpo, todo me daba igual ni siquiera sabía si estaba vivo o muerto.



MICRORRELATO: CANSADOS




Hace quince años que nos conocimos. Aquí estamos… casados… y con hijos. Me esfuerzo por recordar qué me enamoró de ti. Te miro… y me pregunto, cada día, “¿Por qué sigues aquí?”

MICRORRELATO: AL BORDE DEL ABISMO




Llevaba años al borde del abismo, y tan solo su mano me sujetaba, un pequeño movimiento me hubiera hecho caer al vacío, me mantenía quieta, tan quieta que por momentos se me escapaba la vida. Su mano era la de siempre, áspera y vieja. No me iba a dejar caer, no le convenía, pero casi con total seguridad no me permitiría subir y mantenerme a salvo. Mucho tiempo después, llegó él al borde del abismo, con aire juvenil y sin olor a naftalina. Quiso ofrecerme su mano, tersa y suave. No conocía sus intenciones, tal vez, me dejaría caer o quizá, me permitiría subir, pero por fin dejaría de estar al borde del abismo. Vino cada día durante años, pero yo me mantuve quieta, agarrada a aquella mano áspera y vieja.